Lizzy Kim
Titulo: Capítulo 3
Fandom: That's My Life (Original)
Palabras: 4,965 palabras
Notas: Participa en el NaNoWriMo.


Capitulo 3


Después de todo un día de compras y cambios de imagen, Giselle estaba muerta. Nunca se le había ocurrido que cambiar de apariencia y salir con una chica popular y atractiva fuese tan agotador.

Susan era del tipo de persona que le gustaba exigir mucho para conseguir lo mejor de todo. No se sentía conforme con nada. Todo le parecía poca cosa a la hora de lograr sus fines; y, en este caso, su meta era hacer de Giselle toda una belleza (cosa que le tomó más tiempo del que pensaba).

Giselle no tenía el más mínimo conocimiento sobre la moda y los estilos. Ella era una chica que con ropa y zapatos deportivos se sentía bien. Nunca iba a ninguna actividad importante con su padre por el simple hecho de que no tenía la apariencia necesaria para hacerlo. Y como Anthony no era de los que le exigían a su hija que hiciese cosas de las que no se sentiría en la capacidad de hacer, todo estaba bien.

Pero ahora, con eso de que Damian le había pedido a Susan que le hiciese un cambio sin siquiera preguntárselo, tenía que calarse todas esas cosas que en los años que tenia no había hecho.

Lo primero que Susan quiso que hicieran fue comprar el uniforme. Nada de faldas extremadamente largas o camisetas anchas, cosa que disgustó un poco a Giselle ya que no estaba acostumbrada a usar ropa tan ajustada. Lo segundo que hicieron fue ir a la peluquería para tratar de hacer algo con el cabello de Giselle.

La chica tenía una larga maraña de cabello negro que a la estilista particular de Susan le encantó modificar. La mujer, una experta en cortes de pelo y color, decidió sólo recortar las puntas y no alaciarle el pelo. Decía que una cascada de tirabuzones le sentaría mejor a su rostro que el cabello lacio. Además, como Giselle tenía grandes ojos marrones le daría aun más la apariencia de muñeca. Susan estaba encantada con esto por lo que no puso objeción alguna. Además, ella confiaba en esa mujer más que en nadie en el mundo así que para ella lo que la estilista dijese era sagrado.

Cuando salieron de ese lugar, varias horas después, hicieron una parada en el spa. Susan decía que estaba muerta de cansancio y que lo mejor para recuperar las energías era recibir los mimos de las masajistas. Al principio, Giselle se mostró algo reticente a estar con poca ropa delante de otra persona, pero cuando la masajista empezó con su trabajo, se olvidó de todo y se dejó llevar. Por un momento, sólo fue una chica que se dejó consentir por primera vez en la vida.

Su última parada fue el centro comercial. Ahí Susan, sin que le importase en lo más mínimo el dinero, seleccionó ropa, zapatos y accesorios como para tres personas. Giselle, que sabía que no iba a ponerse toda esa ropa, mucho menos siendo del estilo que era, no sabía cómo decirle a Susan que se controlase. Trató de mil y una maneras pero no logró que su compañera dejase de sacar ropas del perchero.

La parte más difícil de todo eso fue, por supuesto, probársela y que a Susan le agradase lo que veía.

Cuando Giselle llegó por fin a su casa, cargada de bolsas que las empleadas le ayudaron a llevar a su habitación, era ya la hora de la cena. Su padre, el cual bajaba las escaleras dispuesto a ir al comedor, no reconoció a la chica que tenía al frente. Tardó unos instantes en caer en la cuenta de que esa arreglada chica, que se acomodaba cada dos minutos el dobladillo de su falda, era su hija, la chica que nunca se había detenido frente a un espejo para peinarse o verificar que nada estaba fuera de lugar en su atuendo.

—Giselle, ¿qué te hiciste?—preguntó, aun presa del asombro.

Su hija profirió una exhalación cargada de todo el cansancio y la incomodidad que sentía.

—Yo no me he hecho nada; me hicieron esto—levantó los brazos a ambos lados, invitándolo a que la mirase. Anthony esbozó una sonrisa.

— ¿A quién debo agradecerle el gesto?

— ¡Papá! — se quejó, indignada. Ella esperaba que su padre entendiese su posición y le dijese que volviese a ser la misma de antes. Pero, al parecer, Anthony estaba encantado con lo que veía. Era un padre muy raro.

— ¿Qué? ¿Qué dije? —Giselle frunció los labios— Lo siento, linda, pero estas guapísima. Era de esperarse que me sintiese agradecido al ver como estas. Además, yo siempre quise verte así. — se acercó a ella y le pasó un brazo por los hombros. — Siempre supe que eras muy bonita; he aquí la prueba de ello.

—No me siento cómoda de esta forma. Esta no soy yo. — Anthony la miró en silencio durante unos instantes, mientras se dirigían al comedor.

—Es verdad, esta no eres tú. Pero es así porque tú no has querido serlo. Yo siempre he dicho que la culpable de que los demás no vean lo bonita que eres, eres tú misma. Siempre estas escondiéndote detrás de tu apariencia. Es como si no quisieses que los demás te vean. Siempre me he preguntado la razón. —Giselle levantó la cabeza y lo miró— Pero ahora, gracias a alguien, vas a descubrir que no es tan malo andar con la frente en alto, sintiéndote orgullosa de lo que eres y de lo que tienes.

Giselle no dijo nada, sólo se limitó a mirar al frente. Quería decirle sus razones a su padre pero no se sentía capaz. Además, ni ella misma las sabía con exactitud. Para ella siempre había sido más fácil andar escabulléndose, ocultándose de los demás. Había pensado que de esa forma era más fácil. Y de alguna extraña manera le había resultado el plan. Ahora no sabía qué hacer; no sabía que esperar. Mucho menos en lo referente a su “esclavizador”.

Le daba escalofríos con sólo pensarlo.


***


Damian aún se preguntaba por qué razón había dicho que esa chica era su esclava. Al principio había querido decirlo como si fuese una broma, pero no le salió de esa forma (casi nunca lo que quería decirle a Susan salía como él quería). Sus palabras salieron demasiado seguras y veraces, era de esperarse que ambas chicas tuviesen la reacción que tuvieron.

Pero, de todas formas, no se preocupaba mucho por las consecuencias. Había sido una frase dicha al azar, para salir del paso; no tenía por qué darle más importancia de la que se merecía. Como tampoco tenía porque sentirse ansioso por saber como había quedado la chica-momia después de todo un día con Susan.

Debía admitirlo, su gesto de ponerla en las manos de Susan había sido una buenísima acción. Esa chica realmente necesitaba que alguien se encargase de ella; y quien mejor que Susan. La chica era modelo, era hermosa y sabía tanto de moda y belleza que incluso llegaba a asustarlo (muchas veces llegó a pensar que Susan no estudiaba y que sólo se dedicaba a aprenderse de memoria los artículos que aparecían en las revistas).

Su acosadora no podía estar en mejores manos.

Cuando el timbre que anunciaba el inicio de las clases sonó, Damian se puso de pie y se dirigió hacia su aula con toda la calma del mundo. Muchos lo saludaban, otras lanzaban grititos emocionados al verlo pasar, pero él los ignoró a todos, como siempre. Él no estaba allí para hacer de celebridad; él era un estudiante mas, uno muy famoso y atractivo, pero un estudiante al fin y al cabo.

Cuando llegó a su clase, Giselle, para su sorpresa, no estaba allí. No es que él supiese mucho sobre la chica pero teniendo en cuenta su actitud del día anterior, podía jurar que ella era del tipo de estudiante que llegaba puntual a todas sus clases y que nunca dejaba de hacer la tarea. Esa escuela estaba llena de chicos de ese tipo.

Se encaminó hacia su asiento como si esto no le importase y se acomodó cual rey del mundo en su pupitre, en espera de la profesora. Esa mañana les tocaba inglés y como él dominaba perfectamente ese idioma, solía no prestarle mucha atención a la materia. Siempre y cuando, claro está, tuviese un libreto que estudiar o una tarea pendiente por hacer.

El curso se fue llenando de estudiantes, incluso la profesora llegó y verificó la asistencia, pero Giselle no hacía acto de presencia. Eso le hizo llegar a la conclusión de que Susan, por más que lo intentó, no logró convertir a ese patito feo en un bello cisne. Era una lástima, realmente. Habiendo llegado a esa conclusión, se olvidó por completo de la chica y se concentró en lo que la profesora estaba tratando de decir.

Al poco rato, la puerta del aula se abrió y una jovencita con expresión de no saber donde se encontraba ni qué hacer, entró. Se acercó tímidamente hacia la mesa de la profesora, intercambió unas cuantas palabras con ella y cuando recibió el asentimiento de la mujer, se sentó en el único lugar libre que había a esa hora: la mesa que estaba más cerca de la puerta, y por ende, más alejada de los chicos populares.

Él se quedó mirándola durante unos breves instantes, tratando de identificarla, pero después volvió su vista hacia la profesora, la cual parecía haber controlado a los estudiantes.

Esas dos horas de clases fueron realmente estresantes. Las chicas tontas, las seguidoras de Michelle principalmente, se pasaron la mayor parte del tiempo fingiendo no saber pronunciar ninguna de las palabras del texto que la profesora les había mandado a analizar, sólo para que él les hablase. Les había resultado el truco hasta que la profesora las descubrió y las cambió de lugar. Damian le agradeció internamente.

Después de eso, todos salieron para tomar su receso. Damian fue abordado en la puerta por una Susan extremadamente feliz, acompañada de su siempre alegre novio el cual parecía algo distraído. Rogó que esa vez, la felicidad de la chica no tuviese nada que ver con él.

— ¿Por qué estás tan contenta, Susan?—le preguntó cuando estuvo frente a ella.

—Yo siempre estoy contenta después de terminar un proyecto. Y esta vez, este proyecto fue uno de los mejores que he tenido—se abalanzó hacia él y lo abrazó—Gracias, Damian.

El susodicho le dirigió una mirada a Alex, el cual estaba muy interesando mirando hacia el aula de la que él había salido. Había algo, o alguien, ahí adentro que había captado su atención.

—Tú, flaco, ¿quieres decirme qué le pasa a tu mujer?—al no recibir respuesta de su amigo, optó por quitarse a la chica de encima y preguntarle. —Susan, quieres explicarte, por favor.

—Hablo de tu amiga, la que me llevaste ayer. Es una chica muy rara pero igual fue divertido cambiarla. Nos divertimos mucho juntas.

Él ignoró por completo el comentario de la chica y la emoción que transmitía su voz. Nada que tuviese que ver con la chica nueva le interesaba. A menos que le aseguraran que ella ya no iba a perseguirlo más.

—Me alegro por ti. Ahora vámonos; no pretendo pasarme todo mi receso parado frente a mi aula.

—No podemos irnos todavía, Damian. —Ella movió de un lado al otro su índice derecho como señal de negación. Él le dirigió una mirada interrogante, deseoso de que se explicase mejor—Estamos esperando a alguien.

— ¿A quién? ¿A Michelle?—preguntó con sorna, sabiendo de ante mano la reacción que tendría su amiga al escuchar ese nombre.

—Por supuesto que no, pedazo de idiota. ¿Quién iba a querer esperar a esa bruja?—dijo por lo bajo—Estamos esperando a Giselle. Alex no pudo verla después de su cambio.

—Si hablas de la chica-momia, ella no vino a clases hoy así que…

—Eso es mentira. Yo la vi cuando llegó. —Se movió un poco hacia la derecha para ver lo que pasaba en el aula. Alex ya no estaba a su lado; hacía rato que había entrado al lugar, desesperado por saber cómo estaba la chica. —Oh, mira, ahí está. Hola, Giselle.

Damian se giró al ver a Susan moviendo la mano enérgicamente en señal de saludo. Al hacerlo, se llevó una enorme sorpresa al descubrir que la chica que había entrado tarde al aula era la chica-momia. Estaba muy cambiada. Podría incluso decirse que era otra persona.

Su cabello ya no estaba enmarañado ni con apariencia de estar sucio, sino repleto de oscuros tirabuzones que danzaban al compás de sus pasos. Estaba usando el uniforme, algo más corto de lo normal (obviamente idea de Susan, que pensaba que mientras más piel se exhiba mejor) en vez de esa fea y vieja ropa deportiva que le había visto el día anterior. Y lo mejor de todo era que no tenía el rostro cubierto, sino que le mostraba al mundo esos rasgos de niña de los que era dueña. No era una gran belleza, pero de que estaba mucho más bonita que el día anterior lo estaba. Tendría que felicitar a Susan mas tarde.

— ¿Ves? Sí vino a la escuela. —dejó de mirar a su amigo para prestarle toda su atención a Giselle. La miró de arriba abajo, tratando de encontrarle algún error a su atuendo. — ¿Por qué no te pusiste maquillaje? Ayer compramos un montón.

—Es que… es que… no sé ponérmelo.

A Susan casi le dio un ataque. Casi.

—Debí suponerlo. Siendo como eres me hubiese extrañado que hubieses tenido aunque sea un lápiz labial.

La tomó por el brazo y la arrastró hacia su aula, la cual estaba justo al lado de esa, al final del pasillo. Alex y Damian sólo se limitaron a mirarlas, este ultimo riendo por lo bajo al ver como Giselle caminaba.

— ¿Quedó bonita, verdad?

Damian le dirigió una mirada a su amigo y lo descubrió sonriendo tontamente. Algo se le había ocurrido y de seguro no sería de su agrado.

— ¿Te parece? Yo no veo una gran diferencia.

—No seas mentiroso, Damian. Vi tu expresión cuando la viste.

—Eso fue porque nunca me hubiese imaginado que esa chica era la misma de ayer, esa que parecía haber salido de un albergue.

— ¿Ves? Me estás dando la razón.

Damian no le respondió. Alex tenía la costumbre de discutir por cosas tontas, mucho más cuando no tenía la razón. Además, no le encontraba sentido a esa plática. La chica-momia no era tan importante como para que el perdiese el valioso tiempo de su receso discutiendo con Alex.

—No se tu, flaco, pero yo voy a ir a la cafetería. Nos vemos.

Sin más, desfiló hacia su destino, como siempre, atrayendo miradas y recibiendo saludos y exclamaciones a su paso.


***


— ¿Hace cuánto que estas saliendo con Damian? — le preguntó Susan con toda la calma del mundo, mientras le aplicaba un poco de sombra.

Giselle se sobresaltó y empezó a mover las manos con frenesí, al tiempo que movía la cabeza de un lado al otro. Susan la golpeó en el brazo y le dijo entre dientes un “no-te-muevas” bastante amenazador.

—No, no. Yo no estoy saliendo con él. No sé por qué él te pidió que hicieras esto por mí. E-es más, no lo había visto antes de ayer. Él es un desconocido para mí.

Susan dejó lo que estaba haciendo y la miró fijamente, con sus ojos azules cargados de confusión.

— ¿Qué no lo habías visto antes? —preguntó con incredulidad. — ¡Pero si todos saben quien es él! Damian es una de las personas más famosas de esta escuela. No puede ser posible que no sepas quien es…

— ¿Sí? ¿Y-y qué hace? — tenía miedo de la reacción que pudiese tener Susan gracias a sus palabras. Pero la joven no la golpeó con el estuche de sombras que tenía en la mano (posiblemente porque no quería destruirlo) así que se relajó un poco.

—Es actor— respondió con una sonrisa, orgullosa, volviendo a su trabajo de maquillar a Giselle. —Uno condenadamente bueno, debo decir. También es modelo. Angel, Alex, Damian y yo hemos hecho sesiones de fotos juntos, para diferentes marcas importantes del país. Me sorprende que no hayas visto ninguno de los afiches en el centro comercial. ¡Están por todos lados! Ahora, abre los ojos. — le ordenó mientras tomaba un lápiz de ojos de la cosmetiquera.

—Eso no lo sabía. Yo pensaba que él era un estudiante común y corriente. Algo loco, pero común y corriente al fin.
—Damian no tiene nada de común, mucho menos de corriente. — Susan parecía ofendida. — ¿Es que acaso eres ciega? ¿Acaso lo has visto bien?

Giselle rememoró cada uno de sus encuentros, analizando cada detalle que recordaba sobre Damian. Su largo cabello oscuro recogido en una media coleta de forma despreocupada; su porte y arrogancia al caminar y hablar; la forma en la que miraba a todo el mundo como si él estuviese en la cúspide del mundo. Ella nunca había conocido a alguien como él, tan seguro de su mismo y del efecto que ejercía sobre los demás. Había sido una tonta al pensar que él formaba parte del montón, como ella.

—Sí, lo he visto, pero…

—No importa—la interrumpió. Metió la mano en la cosmetiquera y sacó un labial rosado claro. —Lo que a mi me interesa saber es por qué Damian me pidió que te cambiara. No creo que haya sido porque yo estaba aburrida y necesitaba ocuparme de algo; él no es tan caritativo…

— ¿Y si es cierto lo que dijo? — Susan detuvo su diatriba y la miró.

— ¿Lo que dijo sobre qué?

—Sobre ser su… —no podía creer lo mucho que le costaba decir esa palabra— su esclava. — Susan rió, como si Giselle le hubiese contado el mejor chiste de todo el mundo.

— ¡Oh, por favor! ¿No estarás pensando que él hablaba en serio, verdad?

—Habló muy serio cuando me acusó de ser su “acosadora personal”.

La sonrisa que adornaba el rostro de Susan desapareció y una mueca de incredulidad tomó su lugar.

— ¿Eso hizo? — Giselle asintió— ¿Y tú lo estabas acosando?

— ¡Por supuesto que no! ¿Para qué iba a hacer algo como eso?

—No lo sé. Las fans son tan raras y hacen cada cosa…— Tomó el lápiz labial y se lo aplicó a Giselle en los labios con sumo cuidado y con un gesto serio en el rostro. Al parecer, no le había agradado mucho la idea de que Damian estuviese hablando en serio (o de que Giselle lo hubiese estado “acosando”).

—Yo no soy su fan. ¡Ni siquiera sabía que era famoso! — alegó en su defensa, cuando Susan terminó.

—Ahora ya lo sabes. Y, aunque no lo hayas buscado (en caso de que en verdad no hayas buscado todo esto), te has convertido en la esclava de Damian. —se puso de pie y le tendií la mano a Giselle para ayudarla a hacer lo mismo. — Y, de paso, te has convertido en mi juguete.

Se dirigió hacia la salida del aula, y al ver que Giselle no la seguía, se detuvo en el umbrar de la puerta. Estaba a contraluz, haciendo que su cabello se viese mas oscuro de lo que era en realidad. Giselle no podía evitar sentir una punzada de envidia cada vez que la veía. Susan era tan hermosa, que no necesitaba nada para hacer resaltar este hecho.

Ella era todo lo que Giselle había querido ser hacía tiempo, cuando había visto aquel ángel aparecer en su clase, haciéndola sentir extremadamente inferior.

— ¿Vienes, Giselle? —la voz de Susan fue amable, casi dulce.

Giselle asintió y caminó hacia ella, haciendo caso omiso de las palabras antes dichas por Susan. Era mejor ignorarlas, pensar que eran una especie de broma, a pensar que Susan y Damian realmente habían encontrado en ella a alguien con quien jugar. Alguien a quien podían manipular como si fuese una marioneta.

Aunque, si se ponía a pensar, no estaba muy lejos de ser una.


***

Susan condujo a Giselle rumbo a la cafetería-comedor, mientras le contaba cosas sobre Damian y su infancia. Como si ella quería saberlo.

Le había dicho que Damian era hijo de dos famosos actores extranjeros, que dejaron su carrera para dedicarse a su familia cuando habían estado esperando a su primer hijo; una niña hermosa llamada Nicole. No obstante, no salieron completamente del medio artístico y fundaron una de las más famosas productoras de televisión y cine del país. Damian nació tres años más tarde, y fue noticia desde ese momento.

Nicole, contrario a su hermano, no se dedicaba a estar delante de las cámaras sino detrás de estas. Su sueño siempre había sido estudiar Dirección y Producción de Cine y Televisión y encargarse de la enorme empresa familiar. Aunque le faltaba un año para terminar la carrera, ya ocupaba un alto puesto dentro de la empresa.

Damian, por el contrario, siempre mostró más interés por los estudios y en jugar con sus amigos. Por su mente nunca pasó la idea de convertirse en actor, a pesar de que desde pequeño había salido en varios comerciales. Pero todo cambió cuando participó en una obra escolar en la cual él tenía el papel principal; tenía siete años en ese entonces.

La emoción no cabía en su pequeño cuerpo cuando subió al escenario y representó su papel. No titubeó ni erró en ningún momento, representando su papel de forma formidable, mostrándole al público que él había nacido para eso. A pesar de lo joven que era, esa noche, el tuvo la fuerte convicción de que eso era lo que él iba a hacer toda la vida.

Sus padres no se habían negado, mucho menos sorprendido, cuando su hijo les dijo que quería ser actor, como ellos. Al parecer habían estado esperando esta petición desde hacía tiempo. Desde entonces, Damian no había parado. Había hecho cine, televisión y teatro, siendo esta su gran pasión. Él prefería estar sobre las tablas, escuchar el sonido de los vítores y los aplausos del público a las indicaciones del director entre toma y toma.

Cuando Susan terminó su relato, ambas estaban sentadas en una mesa en la cafetería. Estaban al fondo, en la mesa más amplia del lugar, siendo observadas por decenas de personas. El grupo conformado por Susan, Alex, Damian y Angel nunca había tenido un miembro más. Sólo habían sido ellos cuatro, desde que entraron al colegio. Pero en esos momentos, una chica nueva era aceptada en su mesa ganándose, obviamente, el desprecio de muchas personas.

Giselle se había dado cuenta de que todos las miraban y que estaban pendientes de hasta el mas mínimo movimiento suyo, pero pensó que se debía al hecho de que estaba con Susan, la cual era una celebridad. Cuando había salido con su padre había sido así. Todos miraban a Anthony, y nadie le prestaba atención a la desgarbada y fea chica que estaba a su lado.

—Todos nos están mirando. —musitó Susan, acercándose su bebida dietética a los labios. — Realmente les ha sorprendido verte aquí.

— ¿Qué?

Susan no llegó a responderle. Dos personas entraron a la cafetería, desviando momentáneamente todas las miradas de ellas dos. A Susan le hubiese molestado este hecho, si las dos personas no hubiesen sido su novio y su mejor amigo.

Giselle giró en su asiento y fijó la vista en los dos chicos que se acercaban a ellas calmadamente. Se fijó en la forma de caminar de Alex, seductora, masculina. Era como si su vida fuese una pasarela. Realmente se le notaba que era modelo. No había un movimiento suyo que no fuese perfecto para ser capturado por una cámara.

Damian, en cambio, tenía un caminar menos llamativo. Sus pasos eran lentos, pero seguros. Era como si tuviese constancia de que cada paso suyo salvase una vida. Generalmente llevaba las manos dentro de los bolsillos de los pantalones, dándole una apariencia quemeimportista. Su cabello, largo y oscuro, estaba recogido en una media coleta como el día anterior, con algunos mechones saliéndose de su agarre. Su uniforme estaba completo e impoluto, contrario a Alex que se había quitado la camisa y llevaba sólo una camiseta oscura.

Ambos eran atractivos y perfectos, dos jóvenes que estaban seguros de que él mundo no sería el mismo si ellos no estuviesen ahí. De seguro Damian tenía esa expresión tatuada en alguna parte de su cuerpo, pensó Giselle.

Cuando ambos jóvenes estuvieron cerca, Giselle se dio la vuelta rápidamente. No quería que Damian la descubriera mirándolo. Es más, no quería estar ni a dos metros cerca de él, pero Susan la había agarrado de la mano, impidiéndole huir, cuando había notado sus intenciones.

Los chicos se acomodaron en la mesa junto a ellas; Alex al lado de su novia (a la cual saludo con un beso en los labios, como si no se hubiesen visto en mucho tiempo) y Damian al lado de Giselle, totalmente ajeno a ella. Era como si la chica no estuviese ahí. Pero Giselle pronto se dio cuenta de que ese quemeimportismo era sólo una fachada.

— ¿Qué hace ella aquí? — cuestionó, lanzándole una profunda mirada a Susan, la cual estaba concentrada quitándole los restos de lápiz labial a su novio.

—Hola, Damian, ¿cómo estás? Yo estoy excelentemente bien, gracias por preguntar.

—No te hagas la graciosa conmigo, Susan, que no te queda. — se recostó del espaldar de la silla y cruzó un brazo por detrás de este. — Te pregunté, ¿Qué hace esta chica aquí?

—Lo mismo que tu, querido, ¿o es que acaso eres ciego y no lo ves? — Puso una dramática expresión de pena en el rostro, al tiempo que se llevaba una mano al pecho— ¿No me digas que volviste a perder tus lentes de contacto?

Damian frunció los labios en un gesto que denotaba que no le había hecho gracia el comentario.

—Yo no…

—Eso fue en venganza por llamarme “rubia oxigenada”. —le dijo Susan, con una malvada expresión en su rostro. — Y no quieras dártelas en importante ahora que Giselle está aquí. — Le dirigió una mirada a la chica, antes de seguir atormentando a su amigo. — Damian tiene la mala costumbre de “perder” sus lentes de contacto. Realmente me pregunto cómo es que lo hace. O por qué lo hace. Digo, él los necesita, no es como si fuesen un lujo o algo…

— ¡Susan!

— ¿Qué? Ni que estuviese diciendo uno de los secretos del mundo. O como si fueses a perder fans por el simple hecho de que estas se enteren de que usas anteojos y de que estas mas ciego que mi abuela.

—Me importa un comino lo de las fans… o lo de la ceguera de tu abuela. Lo que no quiero es que hables de mí delante de esta chica.

— ¿Hablas de Giselle? — Preguntó Alex. — Pero si fuiste tú el que la trajo a nosotros. Además, si ella va a estar en el grupo, tiene todo el derecho del mundo de saber cosas sobre nosotros. ¿No piensas eso, Giselle?

Alex la miraba de una forma que hacía que sus piernas temblasen. ¿Cómo una persona podía lograr ese efecto en los demás?

Ella sólo asintió como respuesta; un movimiento lento y casi imperceptible.

— ¿Y quién dijo que ella va a estar en el grupo?

—Esta discusión no tiene sentido, Damian. Alex y yo queremos que Giselle esté en el grupo, por lo menos durante un tiempo. — Hasta que se cansen de mi, pensó Giselle. —Así que son dos votos a favor. Y estoy segura de que Angel no va a poner oposición alguna cuando sepa que la trajiste al grupo en primer lugar, alegando que era tu esclava.

Susan parecía disfrutar horrores cada vez que decía esa frase. A Giselle un escalofrío le recorría la espalda cada vez que veía su rostro. Susan podía ser muy hermosa, exageradamente hermosa, pero cuando se trataba de “expresiones malévolas”, ella era realmente de temer.

Damian no le respondió. Se limitó a confrontar su feroz mirada con la expresión, mezcla de maldad y diversión, del rostro de Susan. Alex se había desentendido de ellos y estaba haciéndole señas a alguien. A los pocos minutos, un chico con un enorme helado en una mano y otro más pequeño en la otra apareció. Puso el más grande frente a Alex y el otro frente a Giselle y después se fue, tan silencioso como había llegado. Alex le había guiñado un ojo y la había instado a que se comiese el helado antes de que se derritiese.

Para entonces, Damian y Susan habían empezado a discutir en voz baja, impidiéndole a sí a Giselle saber que estaban diciendo. Estaban muy juntos, Susan gesticulando de forma exagerada, moviendo sus manos dramáticamente. Giselle se hubiese reído si no hubiese sido por ella que estaban discutiendo.

— ¡Eso no es justo, Damian! — la voz de Susan estaba cargada de inconformidad. — ¿Por qué tienes que ser tan malo conmigo? ¿Por qué no puedes dejar que me divierta un rato?

—Ya tuviste tu momento de diversión, ahora me toca a mí cosechar los frutos.

—Pero nada. No me interesa. Y no voy a cambiar de idea por más que me ruegues.
— ¡Damian! — se quejó, indignada.

La campana que indicaba el final del receso sonó, interrumpiendo las quejas de Susan. Damian se puso de pie y se dirigió a la salida de la cafetería, no sin antes lanzarle una mirada desdeñosa a Giselle.

Al parecer, Damian le había sacado a Susan de la cabeza la tonta idea de incluirla en el club. Y debería sentirse bien, ya que eso significaba que Damian no tenía real interés en convertirla en su esclava, como había dicho. Pero, por alguna extraña razón, ella pensaba que no todo había terminado.

Y al ver la expresión en el rostro de Susan, sabía que esta no se iba a quedar tan tranquila después de la negativa de su amigo.
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