Showing posts with label Claim: AnnexAdrian. Show all posts
Showing posts with label Claim: AnnexAdrian. Show all posts
La Premonición
Fandom: La premonición
Claim: AnnexAdrian
Título: El inicio de todo.
Palabras: 1346
Advertencias: Ninguna, que yo sepa.
Notas: Otro one-shot donde se salen cosas que no están relacionadas directamente con la historia. Es como una especie de visión del futuro. Espero que les guste.


Anne estaba encadenada en una de las oscuras y frías prisiones que se encontraban en el sótano de aquel castillo.

En la pared de fondo donde ella se encontraba, pintado con sangre había un enorme rosetón que servia como escudo para controlar a la bestia que pugnaba ferozmente por dominar el cuerpo de la chica.

Ella estaba débil, adolorida debido a los constantes forcejeos que había hecho para tratar de romper las cadenas que la ataban a la pared. También tenía los brazos cubiertos por la sangre seca que había manado de sus lastimadas muñecas, el pelo húmedo de sudor pegado al rostro y al cuello y la ropa, brazos y rostro llenos de rasguños. Estaba hecha una porquería, estaba dando lastima. Pero nadie podía acercársele para ayudarla porque, a pesar de poseer aun un poco de conciencia, la bestia que llevaba dentro al percibir el olor de la sangre se pondría rabiosa y el resultado seria total y absolutamente desfavorable para Anne y para el que osase cruzase en su camino.

De pronto, rompiendo con el silencio y la quietud del lugar, se escuchó el eco que producían unos pasos en el pasillo y Anne trató de levantar la cabeza para ver quien había ido a visitarla, a torturarla, a matarla para que dejase de sufrir de aquella endemoniada manera. O quizás fue por todas aquellas razones que ese “alguien” se apareció por allí.

La puerta se abrió con un chasquido y la habitación, que antes había estado a oscuras, fue iluminada por una extraña luz que parecía manar del recién llegado. O quizás no y solo era su estúpida imaginación que la hacia ver cosas donde no las había.

El recién llegado (porque era hombre), con su voz casi perfecta y sensual, capaz de acelerar su corazón o detenerlo a su antojo con increíble facilidad, le dirigió unas palabras que no pudo percibir porque sus aparentemente embotados sentidos no estaban funcionando como deberían. Él pareció darse cuenta de ello porque se acercó lentamente a ella y le susurró un “muérdeme” de una forma tan sensual que logró despertar sus sentidos de su largo sueño.

Ella, para su desgracia, fue consiente del olor de su piel; del olor de su sangre; de la cercanía de sus cuerpos; del agradable calor que despedía su cuerpo fuerte y masculino aunque hermosamente atractivo. Fue consiente de que su cuerpo anhelaba que él recorriera cada centímetro de su cuerpo y que besase sus labios hasta la saciedad, hasta causarle dolor. Fue conciente de la increíble necesidad de sexo que tenía su cuerpo, pero sobre todo, de la sed. Esa maldita sed que le quemaba la garganta y le nublaba la vista y embrutecía aun más sus sentidos.
“Muérdeme”, repitió él mientras desabrochaba los primeros botones de su nívea camisa para dejar su cuello a la vista, y se acercaba a ella par que hiciese lo que le pedía.

Ella se agitó violentamente mientras gruñía, gritaba y enseñaba los filosos dientes como amenaza, al tiempo que los grilletes rasgaban su delicada y lacerada piel haciéndola sangrar nuevamente. Quería hacer lo que él le decía. Quería encajar sus dientes en su cuello y beber de su sangre hasta quedar satisfecha pero no podía hacerlo. No debía. No quería sucumbir ante su debilidad para luego tener que pasarse la eternidad siendo un monstruo chupador de sangre. Ella quería seguir siendo humana.

Él, cansado de todo ese griterío y quejido por su parte, sacó una navaja de algún lugar de su capa y se hizo una profunda cortadura en la palma de la mano. Se llevó la mano herida a la boca y succionó la mayor cantidad de sangre posible para luego dársela a una reticente Anne de boca a boca.

Anne, que aun en esos momentos de tentación mantenía algo de conciencia, se agitó violentamente tratando inútilmente de escapar para luego, después de sucumbir ante el poder de su deseo corresponder el gesto como podía, agradeciendo la sangre a pesar de no haber querido tomarla directamente de su cuello.

Cuando él hubo cortado el beso ella aun no estaba satisfecha por lo que tuvo que darle a tomar directamente de su mano herida. Ella succionaba y mordía, rasgando su piel, haciéndole un daño y un dolor que serian solo momentáneos.

Anne, ajena al dolor del hombre y a todo lo que la rodeaba en esos momentos, se sentía bien, no tanto como hubiese deseado pero por lo menos ya no sentía aquel doloroso ardor en su garganta y su vista ya no era desenfocada y difusa. Se sentía un poco mas como ella misma y no como un monstruo.

Satisfecha ya de tomar tanta sangre, se lamió el labio superior con un gesto casi obsceno —que no le importó— antes de hablarle al hombre que la miraba con sus profundos y enigmáticos ojos azules llenos de deseo a pesar de que su apariencia era deplorable.

— ¿Por qué lo hiciste?—preguntó clamada, degustando el delicioso sabor de la sangre que aun tenia en los labios. La sangre de la persona que la había convertido en lo que era en esos momentos, del que la había llevado a ese mundo en el cual en un principio no quería estar.

Respecto a la sangre, ya la había tomado. Ya había caído en las feroces garras del depredador, así que no le quedaba más remedio que resignarse a la cruda realidad, a su cruel destino. Además, tampoco era que iba a resistirse a la tentación con pies de plomo; si él le hubiese ofrecido nuevamente su cuello ella no se hubiese resistido. Era débil y estaba sedienta después de todo.

—Para poder sacarte de aquí. Si seguías encerrada en este lugar ibas a acabar muerta y yo no iba a permitir que eso sucediera— le respondió después de unos segundos de silencio.

—Yo no te pedí que me convirtieras en tu sirviente, príncipe— le dijo destilando veneno. Ya no le tenía miedo porque gracias a él, ahora tenía las habilidades suficientes para darle pelea. Ahora a él no le seria tan fácil darle caza.

Él, contrario a lo que ella esperaba que hiciera (era un hombre importante después de todo, y ella le debía respeto), chasqueó los dedos haciendo que las cadenas desaparecieran y que ella cayera de bruces al suelo, golpeándose las rodillas en la caída. Luego se acercó a ella y le ofreció una mano para ayudarla a ponerse de pie. Ella aceptó la ayuda porque no tenía fuerzas suficientes como para levantarse sola. Cuando su mano se posó sobre la de él, este tiró fuertemente de ella para atraerla hacia sí y pegarla a su cuerpo.

— ¿Y quien te ha dicho que serás mi sirviente, Anne?—le susurró con sus labios muy cerca de los de ella. Después, la besó.

Por fin, después de siglos de soñar y esperar ese estúpido beso (porque ella no consideró como un beso el que él le había dado minutos antes para obligarla a que se tomara su sangre) llegó cuando ella menos se lo esperaba, y le hizo sentir mas cosas que de las que imaginaba. Y para colmo sus hormonas, mas traviesas desde que estaba rodeada de tantos hombres guapos, estaban mas inquietas que de costumbre, mandándole señales para que entendiera el mensaje que tenían rato enviándole: “déjate de tonterías, Anne. Tú amas a este hombre más que a nada en este mundo. Además, estas loquita por acostarte con él. Así que deja ya el drama, no seas idiota”.

Al final no tuvo que perder el tiempo escuchando lo que sus hormonas y su ahora muy despierto cerebro le decían porque Adrian, aquel príncipe que ella se había pasado meses buscando por todo el Hellaven, después de dedicarle una picara sonrisa que la dejó sin aliento por unos instantes, desapareció con ella de la prisión.

Y así, de esa forma tan poco romántica y común, Anne inició su vida como la princesa Anne Nightingale. Princesa de aquel mundo de sombras y oscuridad del cual, en un tiempo que se le antojaba lejano, remoto, quiso escapar.
La Premonición
Fandom: La Premonición
Claim: AdrianxAnne
Tabla: Muse
Tema: #8 - Endlessly
Título: Arrepentimiento y castigo
Palabras: 1327
Notas: Pertenece a la Tabla Muse de la comunidad "menteoriginal".

Cuando Anne llegó a su habitación después de haberse despedido de Luke, sintió que todo el peso de lo que acababa de hacer se posaba sobre sus hombros haciéndole sentir sucia. Sucia, enferma y cansada. ¿Cómo había podido ser capaz de engañar a Adrian? Ella lo amaba, de una forma tan grande y desesperante que le daba miedo al pensar en ello; entonces, ¿Por qué lo había engañado?

Se sentó en la cama con pesadez y se frotó el rostro con las manos. Luego, inconscientemente, una de sus manos descendió hacia su cuello y encontró la marca que le había dejado Luke cuando la había mordido. Recordarlo, mucho menos tocar esa herida, no ayudó a hacerla sentir mejor. Al contrario. Su corazón se había acelerado en un enloquecedor ritmo y su piel ardió al igual que todo dentro de ella. Sentía calor, ese mismo calor que sintió cuando tuvo a Luke pegado a ella.

Se puso de pie rápidamente y se desnudó mientras se dirigía al baño, dispuesta a meterse bajo el chorro de agua fría (aunque se arrepintiera después). Tenia que deshacerse de todo ese ardor rápido, para no decir ya.

En la ducha, y con el agua recorriendo su cuerpo, ella pensó en Adrian y en Luke. Los dos hombres de su vida. Los dos hombres que eran el motor que la impulsaban a seguir vida. El asiento de su alma. Su todo y su nada. Y pensó en la forma tan diferente en la que los quería a ambos. Y pensó también en el hecho de que había arruinado una parte sumamente importante de su relación con Adrian: le había dado de su sangre a otra persona. A un hombre. A su enemigo. Y eso era algo que Adrian no le perdonaría. Y ella no soportaría vivir sin Adrian. Como tampoco había soportado la idea de que Luke la odiase.

Dios, era tan jodidamente complicado querer a dos personas a la vez. Ese, definitivamente, era el peor castigo que alguien pudiese recibir.

Cuando salió de la ducha, quince minutos mas tarde, se envolvió en uno de los níveos albornoces de Adrian (porque eran los que estaban mas cerca) y se encaminó hacia el espejo. Contempló su reflejo, ahora un poco demacrado por la falta de sangre (Luke había tomado mas de la cuenta) y con una clara expresión de sufrimiento en el rostro, fruto de la culpabilidad. Borró la marca de la mordedura de su cuello con un hechizo y una suave caricia. Después salió— descalza y algo mojada— dispuesta a tener una conversación seria con su esposo. Lo había decidido después de haber pensado mucho sobre eso bajo el chorro de agua fría, y había llegado a la dolorosa conclusión de que lo mejor para los tres era que ella le contase todo a Adrian.

Pero toda la determinación con la que salió de la ducha, terminó directamente en el bote de basura cuando vislumbró a su esposo plenamente dormido (o por lo menos eso parecía) en su enorme cama adoselada. Traía puesta toda esa blanca ropa ceremonial y una clara expresión en el rostro que denotaba que se sentía tranquilo, en paz, pleno y feliz.

Se sintió peor cuando él abrió los ojos y la miró con sus hermosos orbes azul eléctrico llenos de un amor del que ella se sentía incapaz de merecer en esos momentos. Caminó hacia él y tomó la mano que le ofrecía. Se recostó a su lado y se dejó abrazar por él mientras luchaba para no ponerse a llorar.

— ¿Hay algo que quieras decirme, cariño?

Le preguntó sin dejar de acariciarle la cabeza y la espalda. Ella iba a negarlo pero llegados a ese punto, no valía la pena hacerlo. Él ya se había dado cuenta de que algo había pasado, y estaba a la espera de una respuesta.

—Yo… hice algo que no te va a gustar. Y me gustaría darte los porqués, pero no puedo hacerlo. Esa es la única cosa que puedo decirte. Y te juro que daría lo que fuera por hacerlo, por contártelo todo, pero no puedo. Me siento incapaz…

Él no le preguntó que había hecho, ni a quien, porque, según ella suponía, él ya lo había deducido. Santo Dios, sentía que la vida se le escapaba en cada segundo que Adrian permanecía en silencio. Y esta espera era peor que escuchar una retahíla de quejas e insultos dedicados todos a su persona. Quería una respuesta, sin importar que fuese mala o buena, y la quería ya. Y la tuvo. Oh, santo Jesús, claro que la tuvo.

Adrian se colocó encima de ella y se adueñó de su boca con desesperación y ferocidad antes de que ella sintiese siquiera el movimiento de la cama. La besaba con un ansia que la dejaba sin aliento, con una pasión que encendió cada partícula de su ser y que le nubló la vista y embotó sus sentidos.

No era conciente de las manos de él deshaciéndose del nudo del albornoz ni del hecho de que no tenía nada debajo. Pero eso qué demonios le importaba. Quería que le hiciera el amor ahí y en esos momentos, con esa ansia animal que se había apoderado de él. Esa ansia que la estaba volviendo completamente loca, al igual que sus dedos entre sus piernas.

Gimió de puro placer cuando sus labios se concentraron en hacer más que besar su boca. Y cuando sus dedos se adentraron más en toda esa húmeda cavidad entre sus piernas. Ella deseó desnudarlo, recorrer su cuerpo con sus manos y su boca, sentirlo dentro de ella, sobre ella, pero él no parecía desear lo mismo. Estaba demasiado concentrado en darle placer a ella.

Estaba demasiado concentrado en reclamar todo de ella. Y que Dios la perdonase si lo que hacia estaba mal, pero iba a darle todo, todo lo que quisiese; todas las veces que quisiese, de todas las formas que quisiese.


Al poco rato de haber descendido de aquella espiral de placer a la cual él la había llevado solo con sus manos y su boca, ella trató de hablar, de pedirle una explicación a todo aquel frenesí, pero no pudo hacerlo. Los labios de él volvieron a apoderarse de los suyos, esta vez lentamente, rozándolos y mordiéndolos intercaladamente. Después de alborotarle los sentidos con ese juego, descendió hasta su cuello y la mordió justo en le mismo lugar en el que Luke la había mordido antes. Tomó de su sangre lentamente, sin importarle la sorpresa de la chica. Mucho menos el hecho de que ya le había dado sangre a otra persona en menos de dos horas y de que todavía no se había repuesto.

—No sabes como me molesta lo que has hecho— le dijo, con los labios pegados a su cuello, provocándole deliciosas cosquillas con el aire que salía de sus labios— pero no voy a dejarte. No voy a dejarte caer en los brazos de ese hombre porque tú eres mía. Solo mía. — Se levantó un poco, lo justo para mirarla a los ojos, y le dijo— Y porque lo que siento por ti es demasiado fuerte como para lanzarlo al viento.

Ella le echó los brazos al cuello y lo abrazó, pegando todo su cansado, satisfecho, débil y desnudo cuerpo al de él. En esos momentos, la parte de ella que amaba a Adrian estaba tranquila y feliz. Casi dando saltos de alegría al saber que las cosas entre ellos no iban a terminar. Él la quería demasiado como para dejarla.

Pero la parte que amaba a Luke se sentía inquieta. Y todo porque parte de lo que le había dicho Adrian, se lo había dicho Luke una vez.

“No voy a dejarte. No voy a dejarte caer…”

Ella volvió a recordar lo que había pasado entre Luke y ella hacía un rato en la biblioteca y no pudo evitar pensar en la manera que tenia él de cumplir sus promesas.

¡Dios, que manera!
La Premonición
Fandom: La Premonición
Claim: Anne/Adrian, Anne/Luke
Tabla: Muse
Tema: #2 - Falling Down
Título: Cayendo
Palabras: 964
Notas: Forma parte de la Tabla Muse de la comunidad "menteoriginal".


Anne empezó a caer en el mismo instante en que sus ojos hicieron contacto con los de Luke. Fue como una maldición. Un castigo por haber cometido un grave error que ella no recordaba haber cometido. Aun así estaba segura de haber hecho algo malo porque si no, no habría razón alguna para que la castigaran. Para que la hicieran sufrir de aquella manera.

Anne también sabia que nadie iba a salvarla de esa caída. Solo una persona era capaz de hacerlo pero la odiaba con tal intensidad que le dolía. Así que ella solo estaba esperando que todo ese asunto de caer, de ser empujada por el aire y atraída por la gravedad hacia los duros y fríos brazos de la tierra terminara pronto. Realmente lo deseaba.

Porque una persona con el corazón tan destrozado como ella lo tenia, no debía, o mas bien, no podía permanecer de pie. Tenia que caer, punto.
Y ella lo hizo esa noche.

Por fin, después de sentir como la velocidad de su caída se volvía más lenta, y después de quedar suspendida en el aire algunas veces, sintió el duro golpe de la tierra en su espalda. Y también sintió sus brazos —los de la tierra— envolviéndola para no dejarla escapar.

Luke estaba en el pasillo que llevaba a su habitación —a la de ella, porque él no vivía allí. Es mas, ella no comprendía qué hacía él allí—, ataviado con sus ropas negras, con su exagerada belleza resplandeciendo como las estrellas en el cielo… besándose con Camille. Con su mejor amiga —después de Edna, por supuesto—.
“Genial”, fue lo que pensó Anne. “Este era el golpe que necesitaba. El hombre que amo me odia a muerte y está enamorado de mi mejor amiga. Esto es simplemente genial”.

No lloró, solo disfrutó la sensación que le provocó el golpe. Solo los miró como si nada estuviera pasando y solo caminó por el pasillo, pasando por su lado y cuidando de no chocar con él, mostrando una calma que en realidad no sentía.

Salió de la Casa Amarilla con la misma actitud y se dirigió al bosque. Mientras caminaba, se quitó la tunica blanca que llevaba y la dejó caer al suelo. También se quitó la cadenita plateada que le había regalado Cecil y que servia para ocultar su condición de terrana y la lanzó lejos, para no encontrarla en caso de que se acobardara de lo que iba a hacer.

Escuchó el ruido de pisadas detrás de ella y se dio la vuelta para recibir a quien se acercaba. Sabía quien era. Y también sabía la razón por la que estaba allí: quería ser él quien le diera el golpe final. Más bien, en este caso, el que la lanzara a los brazos de la muerte. Y también sabía que lo iba a disfrutar. Ambos iban a hacerlo.

—Anne— le dijo con calma, como si ella estuviese armada y le apuntara la cabeza a un rehén con el arma. Esto, en otro momento, la hubiese sorprendido. Luke nunca se mostró tan calmado delante de ella. Más bien era un poco agresivo. Pero de todas formas, no le dio mucha importancia a este hecho. Los malos siempre se disfrazan de buenos para capturar a sus presas. — ¿Qué se supone que estas haciendo?

Ella le sonrío.

—Caer.

—Anne, ¿Dónde está el collar?

Le preguntó, notablemente asustado y alarmado. El frío —y aparentemente sin emociones— Luke tenía miedo. A ella eso le gustó.

—No lo se.

Para esos momentos, su voz había tomado un alarmante tono desquiciado. Pero su sonrisa no desaparecía de su rostro. Tampoco cambiaba.

—Anne…

—Yo te quiero, Luke— le dijo, impasible. Como si su amor no significara nada. Como si amarlo a él no significara nada. —Te quiero como nunca he querido a nadie, pero tú nunca te diste cuenta.

Su voz salió trémula, fruto del incesante llanto que ella trataba de contener.

—Así que le estoy poniendo fin a este sentimiento. A mi no me hace bien quererte, y tu tampoco quieres que lo haga. Así que no vale la pena que siga aquí— se apuntó el pecho con el índice derecho.

—Anne… por favor, no hagas esto.

Ella miró hacia atrás, y la falsa sonrisa que adornaba su rostro desapareció.

—Demasiado tarde. Ya encontré lo que estaba buscando. Ya encontré el remedio de este mal.

Y salió corriendo rumbo a la persona que había llegado. Luke la siguió pero no se acercó demasiado. Sabía lo que iba a pasar y sabía de antemano quien había sido la persona que había llegado.

Como un cobarde, y sintiéndose el ser mas miserable del mundo por lo que estaba haciendo —o mas bien por lo que no estaba haciendo—, se escondió detrás de un árbol y solo miró como el recién llegado acorralaba a Anne entre un árbol y su cuerpo y como la besaba. Creyó ver que Anne miraba hacia donde él estaba pero llegó a la conclusión de que lo había imaginado. Sería mejor para él si pensaba eso.

Cuando Anne empezó a retorcerse de dolor entre los brazos del encapuchado, él apartó la vista, sabiendo que no iba a soportar ver como la vida le era robada a través de ese beso. Al final huyó. Se desapareció del bosque y se apareció en su casa con solo pensarlo. Se derrumbó inmediatamente sintió el suelo bajo sus pies.

Él había podido salvarla y no lo había hecho. Sus miedos y sus prejuicios habían sido más importantes —y más grandes— que su amor por ella. Y por eso estaba sufriendo. Por ese acto de cobardía tendría que sufrir los cientos de años que le quedaran de vida. Porque el recuerdo de Anne, él estaba seguro, de que lo acompañaría hasta la tumba.
La Premonición
Fandom: La premonición
Claim: AdrianxAnne
Tabla: Muse
Tema: #8 - Time is running out
Título: El día final
Advertencias: muerte de personaje
Notas: Para escribir este one-shot me inspiré mas en el titulo de la canción y en las partes que habla de muerte; cuando lo lean sabrán de cuales partes hablo. Salió mas largo de lo que pretendía pero ¿Qué puedo hacer yo contra mi hiperactiva musa? XD
Nota 2: Pertenece a la Tabla Muse de la comunidad "menteoriginal"


Anne lo supo en el mismo momento en el que vio sus fríos y hermosos ojos azules fijos en ella. Ya no había marcha atrás, ya no podía hacer nada más para salvar a Edna.

—Cometiste un grave error al venir aquí— le dijo él con aquella sensual e imponente voz que la atormentó cada noche desde que llegó al Hellaven.

—No, no fue un error. Vine porque tenía que hacerlo; está escrito en mi destino. —le respondió con un tono de voz algo trémulo. Estaba aterrada, sí, pero resignada a lo que iba a pasarle.

—Hablas del destino como si supieras lo que va a pasar.

—Lo se, siempre lo he sabido— le respondió con calma.

Él la miró confundido. Ella no podía saberlo porque era una simple terrana sin poderes. Además la única persona que sabia todo del destino era el Oráculo y ella, obviamente no lo era. A menos que hubiese hablado con Nadhia y esta le hubiese contado su futuro, cosa que dudaba, porque Nadhia no solía hacer eso.

Estaba confundido, porque la seguridad que la joven mostraba ante sus palabras le confirmaba que no mentía, que era cierto que sabia lo que iba a pasar. Un recuerdo llegó a su mente haciéndole caer en la cuenta de que antes, cuando la había visto por primera vez, había pasado por alto un detalle que ahora se le antojaba de suma importancia. ¿Cómo pudo haber sido tan despistado? ¿Cómo no se dio cuenta de eso antes?

—Por eso saliste corriendo cuando me viste… Porque sabias que iba a matarte— ella asintió lentamente— Pero ¿cómo pudo pasar eso? Tú eres una terrana y los terranos no pueden…

—Podemos— le aseguró— porque yo tuve una premonición esa noche. Vi que ibas a matarme en ese bosque.

—Pero aun así corriste hacia el. ¿Por qué lo hiciste?—él preguntó interesado. Si era cierto que ella había visto su propia muerte, no tenia sentido que se haya encaminado ella misma hacia el purgatorio. Era algo ilógico.

—Porque algo dentro de mi me decía que mi salvación estaba al otro lado del bosque. Por eso lo hice. Pero al final no pude hacerlo, no pude salvarme. Tu me atrapaste y…

—Nada de esto tiene sentido— se quejó él— ¿Por qué habrías de ver tu muerte si al final no ibas a poder salvarte? En todo este tiempo no has podido hacer nada para impedir que tu muerte se lleve a cabo, solo retrasarla un poco. Y eso no es suficiente.

Ella estaba sorprendida. No podía creer que él, precisamente él, estuviese diciéndole esas cosas. Se suponía que él quería matarla, que él estaba ahí para terminar lo que había comenzado hacia un año. Pero entonces, ¿por qué le decía eso? ¿Por qué parecía sufrir con la misión que le habían encomendado?

—A ti que mas te da si retrasé o no mi muerte. De todas formas estas aquí para matarme, ¿no? Estas aquí para terminar el trabajo, Adrian. ¿O prefieres que te llame príncipe Adrian y te haga una reverencia?

Lo había dicho. Se había sacado del pecho ese puñal que la había estado atravesando desde que lo vio aparecer frente a ella, con su resplandeciente ropa blanca. Porque ella, que lo había conocido hacia tiempo y había tenido algo más que una relación hellaveniana-príncipe, sintió como su corazón se cristalizaba y estallaba en miles de pedazos al ver que él, precisamente él, su príncipe, era el hombre que la había llevado a ese infierno. Jamás lo sospechó, y quizás por eso le dolió mas verlo ahí.

—Claro que me importa, Anne. No quiero hacerlo, pero…

—No quieres, pero estas aquí para hacerlo— lo miró con seriedad, tratando de que sus sentimientos no aflorasen y la delatasen—Ahórrate el discurso, Adrian. No vale la pena que me digas esas cosas cuando yo se que no es cierto. ¡Eres el príncipe, por todos los cielos! Si quisieras en verdad, podrías hacer algo para que las cosas no terminasen así…

— ¡No puedo hacer nada, Anne! ¡Nada!—le gritó, y ella sintió como todo se le removía por dentro al ver sus hermosos ojos azules llenos de tristeza. Él sufría también con toda esa situación. Él en realidad no quería matarla, o por lo menos eso era lo que veía en sus ojos. Dudas, dolor, miedo.

Ella se acercó a él y tomó su rostro con sus temblorosas manos. Se sentía tan miserable, no solo por lo que le estaba pasando y porque después de tantas luchas había caído en la trampa y había sido atrapada, sino también porque él, el amor de su vida, estaba sufriendo como un condenado; y sufriría aun mas cuando tuviese que matarla.

—Mírame, Adrian— él levantó el rostro y fijó sus ojos en los azules de ella— No quiero que te culpes por todo esto. Yo… yo se que en verdad no quieres hacerlo…

—Por supuesto que no quiero— la interrumpió bruscamente— Sabes lo que siento por ti, nunca te mentí sobre eso. ¿Cómo podría querer matarte cuando te amo más que a nada en este maldito mundo? Pero sabes que no puedo hacer nada para evitarlo. Tengo que matarte y tiene que ser ahora.

Ella le iba a decir algo pero una fuerte punzada de dolor se apoderó de su cabeza. Soltó el rostro del joven y se llevó las temblorosas manos a la cabeza, apretando fuertemente, como si de esa forma el dolor menguase.

De pronto, como si fuesen un torrente líquido, una sucesión de imágenes llegaron a su mente. La misma imagen repitiéndose una y otra vez dentro de su cabeza, mareándola. Ella corriendo por el bosque y Adrian persiguiéndola. Adrian atrapándola y dándole el beso de la muerte.

En medio del caos que era su cabeza, lo comprendió todo. Se había equivocado y por eso había acabado en ese mundo. Todo había sido su culpa. Por guiarse de la premonición en primer lugar y salir corriendo como una desquiciada, había cambiado el final de la historia. ¿O es que acaso así debían pasar las cosas en realidad y lo que ella veía como un error era la base para todo ese embrollo?

—Anne. Anne, ¿Qué te pasa?—le preguntó Adrian, preocupado, mientras la agarraba por los hombros. Ella levantó la cabeza y se perdió en ese más azul brillante que eran sus ojos.

—Es aquí. Siempre fue aquí.

— ¿De que hablas?

—Tu no debías matarme en La Tierra; por eso es que terminé en este lugar. No fue un error tuyo, ni fue un cambio en el destino porque yo había tenido una premonición. Tú tenías que matarme hoy, justo en este lugar y no en aquella fiesta hace un año.

— ¿Pero por que? ¿Por qué debía ser así?

—No lo se, y no vale la pena que lo discutamos— Ella se alejó de él rápidamente y empezó a correr— Tienes que atraparme, Adrian. Si no lo haces, no podrás cumplir tu misión— le gritó antes de volver a correr rumbo a la otra linde del bosque, sintiendo esa sensación en el pecho que le decía que su salvación estaba al llegar al otro lado del bosque.

Él se quedó unos momentos quieto, sin saber que hacer. Después, con una opresión en el pecho, salió corriendo tras ella con la intención de acabar con todo aquello, muy contrario a ella que ahora tenia nuevos deseos; solo quería llegar al otro lado, igual que la primera vez que se encontraron, porque sentía que las cosas serian diferentes cuando eso ocurriera. Iba a haber un cambio, y seria para el bien de todos.

Pero al final no pudo llegar y él, al igual que en la premonición, la besó. Pero este beso, contrario al otro, estaba cargado de sentimientos; era un beso de despedida, el último que se darían.

—Te amo, Anne. Lo sabes, ¿verdad?

Ella como respuesta lo besó, porque las palabras estaban negadas a salir; el nudo que tenia en la garganta se lo impedía. Él se dio el lujo de alargar lo más que pudo esa dolorosa despedida, pero cuando sintió a Anne retorcerse, supo que ya no había más tiempo. Después de susurrarle un “lo siento”, volvió a apoderarse de sus labios, esta vez para matarla.

Mientras ella caía en la inconciencia que venia antes de la muerte, tuvo otra premonición, rápida, brillante, no dolorosa. Era el Hellaven, con un hermoso sol brillando en el cielo. Y no sabia como pero, a pesar del frío que se suponía que se estaba apoderando de sus huesos, ella sintió el calor que la Anne de la premonición estaba recibiendo de lleno en su pálido cuerpo. Y sintió la felicidad que embargaba el corazón de la joven cuando vio a Adrian aparecer a su lado, hermoso, radiante bajo la brillante luz del sol. Eso era lo que iba a pasar si ella llegaba al otro lado del bosque: el Hellaven iba a cambiar y ella no tendría que morir y podría estar con Adrian.

Trató de separarse de él para contárselo pero sus brazos no respondieron a la orden de que debían moverse. Y para rematar, la inconciencia se apoderó de ella antes de que el beso de Adrian terminara, para que el hechizo la consumiera hasta dejarla convertida en un montón de cenizas que el viento esparció por el bosque.

Adrian respiró profundamente cientos de veces para tranquilizarse, antes de aparecerse en el castillo. No podía dejarse consumir por sus sentimientos, por lo menos no por el momento. Tenía que hablar con los del consejo primero y luego… luego podría derrumbarse para no levantarse nunca.

Y mientras caminaba por los oscuros pasillos que lo llevarían a la sala de reuniones, se hacia una sola pregunta: ¿Por qué demonios se les había acabado el tiempo tan pronto?